Revista Puerta de Embarque

Bután, el país de la felicidad

By on junio 17, 2015

De la fascinación de un niño que miraba el mapamundi colgado en la pared de su habitación pensando en ese pequeño punto con nombre exótico, Bután, nació la idea para este viaje tan especial. La mayoría de la gente ni siquiera llega a situarlo en el mapa, aunque muchos sí lo conocen por su sobrenombre más famoso, “el país de la felicidad”.

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Bután está situado en pleno Himalaya, entre China e India, posición estratégica (y peligrosa) entre dos potencias tan grandes y crecientes. Sin embargo, es un pueblo de lo más pacífico y respetuoso, no sólo entre ellos y con todos los visitantes, sino sobre todo con la naturaleza. De este respeto y de su profunda religiosidad budista nace la idea del “índice de felicidad bruta”, que acuñó su cuarto rey, Jigme Singye Wangchuck, para medir la riqueza del país. Rey que, de hecho, unos años después recortó voluntariamente sus poderes para instaurar la democracia.

Lo importante para este Estado no es el enriquecimiento económico a toda costa, sino que éste debe darse junto con la conservación de la naturaleza y el mantenimiento de sus tradiciones. Un concepto ajeno a nuestra sociedad occidental, pero que da como resultado un país fascinante, con un entorno medioambiental único y costumbres culturales intactas.

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El caso más palpable para cualquier turista de este planteamiento es la propia forma de visitarlo: sólo se puede entrar habiendo contratado previamente el viaje con un turoperador local y pagando una tarifa oficial por persona y día que fija el Gobierno y que incluye todos los servicios (alojamiento, visitas, comidas, guía, traslados…). Así logran controlar el número de visitantes, de modo que no sea demasiado lesivo para el medio ambiente ni para su cultura, y convierten el turismo en la segunda fuente de riqueza del país (la primera es la energía hidroeléctrica: viendo sus caudalosos ríos es fácil entenderlo).

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Dzong Punakha.

¿Y qué haces si viajas a Bután? Visitas sus dzongs: una especie de fortalezas medievales imponentes, mitad templo, mitad castillo. Recorres rutas de senderismo con paisajes montañosos impresionantes. Conoces de cerca a sus habitantes: al tener que ir siempre con un guía y conductores locales terminas sabiendo muchos detalles de su forma de vida, cosa que cuando viajas por tu cuenta no se consigue siempre tan en profundidad. Y si cuadras bien las fechas, disfrutas de un Tshechu, un festival religioso con bailes de máscaras y color que representan historias budistas, ¡todo un espectáculo!

En definitiva, un viaje único que nunca podrás olvidar.

Por Patricia y Diego, autores del Blog Vagamundosviajeros.com

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