Revista Puerta de Embarque

Dresde, la Florencia alemana a orillas del Elba

By on julio 31, 2018

A mitad de camino entre Berlín y Praga, la capital de Sajonia, con sus palacios y monumentos barrocos, aparece poderosa y bella ante nuestros ojos, como siempre debió ser.

El verano es cálido en Sajonia, aunque estemos en la antigua Alemania del Este y al norte de la República Checa. Las tardes resultan espléndidas para disfrutar de los biergarten en las orillas del río Elba, que se llenan de público dispuesto a combatir el calor con la ayuda de una refrescante jarra de buena cerveza. Para nosotros, las mejores terrazas de Dresde se sitúan en la ribera opuesta al Altstadt –el casco histórico- porque regalan unas maravillosas vistas de esta imponente ciudad de porte barroco.


Cómodamente instalados en sus mesas, los clientes -una mezcla de locales y turistas- miran despreocupados el ir y venir de los ciclistas por el amplio paseo que avanza paralelo al río y admiran el skyline clásico de esta bella ciudad centroeuropea. En él sobresalen la soberbia cúpula de la Frauenkirche –la emblemática iglesia de Nuestra Señora –, así como la altísima espadaña de la catedral de Dresde, templo católico, consagrado a la Santísima Trinidad, que Augusto el Fuerte construyó tras ser proclamado rey de Polonia y convertirse al catolicismo.


Detrás de él se alza el castillo de Dresde, residencia durante siglos de los electores y reyes sajones, y que actualmente alberga un museo que refleja los más de 800 años de historia de este territorio.
Los turistas suelen detenerse en el muro norte del castillo, decorado con 25.000 azulejos de porcelana que recrean la Procesión de los Príncipes. Este magnífico mosaico, a la vista de todos los transeúntes, es el mayor del mundo realizado en porcelana. Mide 102 metros sobre los que quedaron retratados los gobernantes sajones. En su origen fue un mural pintado, pero su deterioro aconsejó la sustitución por piezas de porcelana, resistentes a la lluvia.
El interior del castillo de Dresde es una sucesión de salas que albergan colecciones de armaduras que nunca se usaron -porque su mera función era hacer ostentación del poderío de los gobernantes-, junto a antiguas armas y ropajes de época. También se exhiben tesoros de valor incalculable, como el extraordinario Diamante Verde de Dresde, de 41 quilates, y obras del joyero Dinglinger, entre las que destaca la meticulosa reproducción en miniatura de la “corte del Gran Mogul”.

ARTE Y FINA PORCELANA
Desde nuestra privilegiada posición en el biergarten seguimos contemplando el mirador del Terrassenuffer, que sigue el curso del Elba, y atracados en su orilla los barcos turísticos de recreo que lo recorren. También tenemos ante nuestra vista el palacio Zwinger, erigido a comienzos del siglo XVIII. Rodeado por un parque con estanque, este palacio acoge varios museos, incluyendo uno dedicado a las Matemáticas.
Pero, sobre todo, hay que mencionar que alberga la sobresaliente Pinacoteca de los Antiguos Maestros, con obras expuestas de célebres pintores. De sus paredes cuelgan cuadros de Botticelli, Mantegna y Tiziano; también de Rembrandt, Van Eyck y Holbein. Como curiosidad, mencionaremos que aquí se encuentran los delicados Angelitos pintados por Rafael sobre el lienzo de la Madonna Sixtina, apoyados en una balaustrada con gesto pensativo y que han sido reproducidos sobre millones de objetos.


Otro de los tesoros del palacio Zwinger es su extraordinaria colección de porcelana de Meisser. Como es sabido, la porcelana es de origen chino y llegó a Europa gracias a Marco Polo y sus viajes, aunque los secretos de su fabricación tardaron en ser dominados por los europeos. Signo de refinamiento y riqueza, las selectas piezas elaboradas a partir del caolín estaban reservadas al uso y disfrute de las clases privilegiadas. Gracias a Augusto el Fuerte -que tenía dos grandes aficiones, las mujeres y la porcelana- se creó la primera fábrica de este precioso material en Europa, justamente en la localidad sajona de Meissen, cercana a Dresde.
Entre el palacio Zwinger y el río Elba se ubica otro de los monumentos imprescindibles de Dresde, referencia de su extraordinaria arquitectura. Es la Ópera Semper, de armoniosas proporciones y coronada por una cuadriga de panteras conducida por Baco –deidad del teatro y no sólo del vino- y su consorte, Ariadna. A la Ópera Semper le acompaña un pasado de trágicos incendios a los que, afortunadamente, ha sido capaz de sobreponerse para consolidarse como una institución cultural de referencia en toda Alemania.

EL BARRIO TRENDY LA RECONSTRUCCIÓN DE DRESDE
Es innegable que la “ciudad vieja” de Dresde, con sus monumentos y su perfecto adoquinado, desprende belleza, elegancia y armonía por los cuatro costados. Pero al otro lado de los casi 400 metros que mide el soberbio puente de Augusto (sí, de nuevo en honor a Augusto el Fuerte…), la Neustadt o ciudad nueva constituye también una grata sorpresa para los visitantes de Dresde.
Esta zona, donde se refleja la prosperidad económica, cuenta con una población joven, una tasa de natalidad que supera la media nacional, y una animada vida con bares, cafés, bistrós y restaurantes que ofertan todo tipo de cocinas exóticas. También abundan las tiendas regentadas por jóvenes talentos y diseñadores locales. Neustadt es, sin duda, el barrio de moda, frecuentado por estudiantes, artistas y bohemios.


Paradójicamente, parte de los actuales edificios de este barrio nuevo son más antiguos que los que venimos de admirar en el Altstadt. La Dresde barroca que hemos recorrido al otro lado del puente de Augusto fue reducida a escombros en febrero de 1945, cuando, pocos meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados bombardearon la capital sajona. La ciudad que había merecido el apelativo de la “Florencia del Elba” por su elegante patrimonio arquitectónico quedó completamente destruida.
La reconstrucción de Dresde no fue un proceso rápido. Por el contrario, se alargó décadas. Tras la guerra y quedando la ciudad dentro de la antigua Alemania del Este, bajo las restricciones del régimen comunista, la rehabilitación avanzó al ritmo que la economía permitía.

LA HISTORIA DE LA FRAUENKIRCHE
Muchos alemanes recuerdan perfectamente cómo, hasta hace sólo unos años, la Frauenkirche, la elegante iglesia barroca que se alza en la plaza del Mercado Nuevo, con la estatua de Lutero al frente, permanecía en ruinas. Con esa decisión, la República Democrática Alemana quiso reivindicar el horror y la destrucción de la guerra. Pero, tras la caída del Muro de Berlín se modificó este enfoque y comenzó la reconstrucción de la iglesia, para cuya financiación se recurrió a una campaña internacional de recaudación de fondos.
La reconstrucción de la Frauenkirche, símbolo hoy en día de la “reconciliación”, se completó apenas en 2005 después de colocar sobre su cúpula de 26 metros de diámetro una cruz dorada -la
llamada “cruz de la reconciliación”-, fabricada por un artesano londinense. Según se dice, el padre de este artesano había tomado parte en los bombardeos de Dresde.
Actualmente el templo acoge servicios religiosos y ceremonias, pero sobre todo se caracteriza por su intensa vida cultural y por albergar frecuentes conciertos.

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